Con el cambio de estación, los días comienzan a acortarse y las horas de luz natural bajan de golpe: se hace de noche antes y el salón pasa más tiempo bajo la influencia de la luz artificial. Si antes las lámparas nos parecían una cuestión menor, comenzando el mes de septiembre nos damos cuenta de que la luz necesita tantos ajustes como otros elementos decorativos en casa.

El cambio del cual queremos hablar hoy tiene que ver con la temperatura de color de las bombillas, medida en kelvin, y con cómo distribuyes los puntos de luz a lo largo de la estancia. A continuación te explicamos qué mirar antes de comprar una bombilla nueva. Si además quieres repensar la iluminación de todo el salón, más allá de cambiar un par de bombillas, las diseñadoras de Livitum te pueden asesorar y decorar toda la estancia de forma profesional. Descubre cómo trabajamos y en qué consiste cada uno de nuestros packs.

Antes de hablar de ese cambio específico que deberías hacer empezando el otoño, analicemos un tema aún más importante: cómo afecta la iluminación en el estado de ánimo y en el bienestar general.
Para ello, debes saber que la temperatura de color se mide en una unidad llamada kelvin. Cuanto más bajo es el número de kelvin, más cálida y amarilla resulta la luz. Una bombilla de 2700 kelvin da una luz parecida a la de una vela o a la de un atardecer. Una de 4000 kelvin o más ya se acerca al blanco neutro, más propio de una cocina o de un baño que de un salón donde quieres relajarte.

El cuerpo asocia esa luz amarilla con el final del día y con el descanso, mientras que la luz azulada te mantiene alerta. En otoño, cuando pasas más horas con las luces encendidas antes de acostarte, elegir la temperatura equivocada en el salón puede impedirte bajar revoluciones y mantenerte en estado de productividad y trabajo.
En verano, esta diferencia nos afecta menos porque hay más horas de sol y la luz artificial se utiliza relativamente poco. En otoño e invierno, en cambio, la luz de las bombillas puede llegar a ser la principal referencia visual.

El cambio en sí es sencillo: sustituir las bombillas del salón, sobre todo las que están cerca del sofá y de las zonas donde te sientas por la tarde, por otras de entre 2700 y 3000 kelvin.
Para hacerte la vida más fácil, mira esta medida en la caja de la bombilla, junto a los vatios. A veces solo aparece como una franja aproximada en lugar del número exacto, así que basta con fijarte en esa referencia si no encuentras los kelvin.

Si puedes, elige bombillas regulables y fíjate también en el índice de reproducción cromática, el CRI: por debajo de 80, los colores de la tapicería o de las paredes se ven algo apagados, mientras que uno alto hace que los materiales de casa se perciban tal como son.
La diferencia de precio entre una bombilla cualquiera y una buena, con este rango de temperatura y regulable, suele ser de pocos euros.

El error que más vemos es que la gente coloca una sola lámpara en el techo. Por muy bien elegida que esté la bombilla, sigue generando sombras duras y deja el resto de la habitación a oscuras. El salón se percibe mejor cuando la luz se reparte en varios puntos de menor intensidad: una lámpara de pie junto al sillón de lectura, un aplique cerca del sofá, alguna vela o una luz indirecta detrás de una estantería.

Empieza poco a poco, por ejemplo, sustituyendo la bombilla de la lámpara que más usas por la tarde. El resto de puntos de luz se pueden ir sumando poco a poco según el presupuesto del que dispongas.
Si el punto de luz principal tiene regulador, bajar la intensidad a partir de media tarde ayuda a que el cuerpo note el cambio de ritmo del día, algo que en otoño cuesta más porque fuera ya está oscuro desde primera hora de la noche.

Ajustando este pequeño detalle, lograrás que tu casa se transforme en un lugar agradable y relajante. El salón se convertirá en el centro de reunión de tu familia, donde todos encontrarán el sitio ideal para descansar, leer o compartir tranquilamente.